viernes, 30 de enero de 2015

DON QUIJOTE Y LOS JÓVENES

 Ya ha tenido lugar el referéndum en España al que alude el autor de este  artículo, pero su idea de fondo está vigente y lo incluimos en este apartado de las nuevas dictaduras, de lo que ofrece una buena muestra.


“Creo que lo que hace perdurar a una obra literaria es su capacidad doble de retratar su lugar y su tiempo y a la vez retratar casi cualquier lugar y cualquier tiempo, mostrar con hondura unas vidas individuales, reales o inventadas, y hacer que esas vidas sean las de cualquiera”. 
Antonio Muñoz Molina

Por Rogelio Obaya
 La lectura es y será siempre una aventura. Una aventura hecha a la medida de la vida y a la medida de nuestros sueños. El que lee realiza y desarrolla su naturaleza de ser sin límites, de ser incompleto, y es en el libro donde mejor encuentra el terreno y el aire para echarse a andar sin las ataduras que rebajan y enajenan. Una persona, cualquiera que sea su condición u origen, si es capaz de leer es capaz de entender el mundo y de orientarse en él aun en la peor oscuridad. Los libros, los buenos libros, son como lámparas encendidas que iluminan en todo momento, y, como luz, nos sirven para espantar los monstruos que para el hombre representan la ignorancia y la falta de libertad.
Hace cuatrocientos años vio la luz un libro excepcional: El Ingenioso Hidalgo Don Quijote De La Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra. Desde hace cuatrocientos años, en su primera aparición, tiene la lengua española en esta novela su más importante aporte y su más preciado tesoro lingüístico y literario. A cuatro siglos de distancia, son poco menos que innumerables los trabajos críticos sobre esta obra, como innumerables siguen siendo los aspectos y aristas que hacen merecer seguir estudiándola.
Martín de Riquer, uno de los más importantes cervantistas vivos, ha dicho que este libro tal vez perseguía solamente hacer reír, haciendo escarnio de los libros de cierto género literario muy en boga en su época. Lo curioso –declara Riquer- es que aun tratándose de una novela literaria, es decir, inspirada en la literatura misma, haya tenido tanto éxito popular desde el primer momento.
Para entender mejor lo que se quiere expresar con esto y siguiendo su observación, imaginemos que alguien escribe en son de burla y con una gran dosis de ironía un libro destinado a ridiculizar los libros de ciencia ficción o los de detectives, para mencionar dos de los géneros más vendidos y conocidos hoy en día. Pero que lo hace con tanto acierto que logra que el libro se convierta en un acontecimiento de fama mundial sin barreras de tiempo, idioma o cultura.
Claro está que para reírnos hoy de los libros de caballerías primero deberíamos conocer qué son éstos y cómo eran tenidos en los usos y maneras de la cultura local de Cervantes. Si llegamos a reírnos de un personaje que enloquece y termina creyéndose, por ejemplo, Sherlock Holmes en pleno siglo XXI y en un contexto totalmente ajeno a la Inglaterra victoriana del siglo XIX, es porque antes hemos leído o conocemos muy bien las creaciones de Arthur Conan Doyle y entendemos, gracias a la ironía empleada, que se trata de una burla y en qué medida cabría o no reírse.
Siguiendo este razonamiento, es comprensible el éxito que tuviera el libro en la España y los tiempos de los libros de caballerías. Pero ¿cómo explicamos entonces que también lo haya tenido y continúe teniéndolo aún en lugares tan disímiles geográfica y culturalmente como Japón o Nueva Zelanda (más de 1.500 ediciones en cerca de 50 idiomas)? Este solo hecho pone de manifiesto que los valores principales del libro de Cervantes hay que verlos más allá de la simple crítica que hace e incluso del grado de perfección con que la ejecuta.
Sin lugar a dudas Don Quijote cumple a la perfección su misión de entretener. Al menos de ese modo fue recibida la obra en el mil seiscientos y tantos. Sin embargo, debemos admitir, incluso más allá de la intención expresa del propio Cervantes, que el resultado es infinitamente más rico y más profundo: hace también pensar, y, sobre todo, pensar como mejor puede hacerlo el ser humano, riendo, del personaje de la novela, pero también de uno mismo, y de todos, los de aquí y los de allá, los de hoy y los de mañana.
El blanco de la ironía cervantina es, por así decirlo, nuestro sentido de la realidad y con él la subjetividad en perenne trasiego entre las borrosas líneas divisorias que separan lo real de lo fantástico. La importancia que esta cuestión reviste para la aparición de la novela moderna ha sido vista y examinada por escritores de caletre tan diverso como Américo Castro y Christiane Zschirnt, quienes destacan cómo hasta el momento en que Cervantes concibió al célebre Caballero no se había formulado la pregunta: ¿Ficción o realidad? No existía en la conciencia de los lectores. Camino sin señales que terminó llevando al compulsivo hidalgo a perder los estribos de su debilitado juicio.
Debemos decir que cuando hablamos de libros pensamos en libros, por eso quizás sería mejor trasladar la reflexión al contexto presente, dominado por el adelanto en materia tecnológica, y hacer referencia al rol subyugante de la televisión o a la ilusión sin límites de la telaraña global de la Internet. Es probable que así todos los libros de caballerías juntos nos lleguen a parecer lejanos e inofensivos peccata minuta comparados con los efectos predatorios de los demonios mediáticos actuales.
Entre todos los méritos del Quijote, que son muchos y vistos desde muy variadas perspectivas, está, como ha señalado Harold Bloom en flagrante eco orteguiano, el que tal vez sea sostén y vórtice de todos los demás: “el descubrimiento y celebración de la individualidad heroica”, o, dicho en otras palabras, la resolución de defender y de llevar hasta las últimas consecuencias el ser en su expresión más propia y singular, o la determinación de ser uno mismo (ipseidad) contra viento y marea. Pero una determinación precisa y coherente. La locura del ilustre derrotado de Barcino no hace concesiones y la historia de su desvarío se corresponde con lo que Roger Callois definía como “delirio riguroso” que caracteriza a las “locuras razonantes”.
Por esta razón y no obstante considerar que el Quijote no es, como sostiene Muñoz Molina, un “tratado moral”, lo cierto es que sería imperdonable ignorar el extraordinario contenido ético que encierran estas páginas gloriosas de nuestra lengua. Principalmente para los jóvenes, porque hay que decir que el Quijote es una obra escrita para los jóvenes. Su misma calidad de narración itinerante responde por sí sola a una concepción de la existencia de suyo opuesta a toda estandarización de la vida y a todo sedentarismo retrógrado y culpable.
¿Por qué los jóvenes deben leer el Quijote? Pues porque muy pocas veces existió en la literatura ejemplo más completo de inconformidad personal ante el imperialismo de la inmediatez reductora y banalizadora del mundo.
El Caballero, en su excentricidad hilarante, personifica una voluntad de ser por encima del individualismo complacido de la mediocridad. Quiere ser siempre más, y sabe quién quiere ser, tal y como lo vio Unamuno, otro insigne estudioso de la gran novela de Cervantes, y posteriormente Erich Fromm, recordando a un Kierkegaard que es a su vez casi Nietszche. Fromm escribe en su libro Tener o ser: “La primera condición para alcanzar algo más que la medianía en cualquier terreno es querer una sola cosa”. Es esa sola cosa lo que da vida al Manchego. La búsqueda obstinada de horizontes de heroísmo arrastra al Quijote a la sobrepujanza perenne de sí mismo, a la reivindicación de su dimensión trascendente y su derecho de soñar.
Le arrebata un afán libertario que es, dicho sea de paso, prueba y reflejo de las no pocas trazas autobiográficas que contiene la obra de cabo a rabo. Conocemos la experiencia de Cervantes a través de sus frecuentes encerramientos y sabemos que cuando Don Quijote se pronuncia, verbigracia, sobre la libertad, sus palabras brotan de lo más auténtico humano, que es independiente por naturaleza de si es dicho en el siglo XVI o en el XXI.
El personaje de Cervantes es libre, primero porque se posee y por eso mismo puede darse por entero a la consecución de un fin que le religa de manera galopante. Segundo, y en ello se adelanta -en el sentido lato de esta palabra- tres siglos a los profetas de la decadencia, porque sabe que su lugar subversivo se perfila únicamente mediante la encarnadura radical de aquello que la frivolidad de todos los tiempos iba a encerrar en términos de un simple diagnóstico clínico.  
Con la cautela de no proyectar sobre esta magistral obra nuestras ideas y cuestiones ideológicas  de cuatrocientos años después, creemos ver, no obstante, en cada episodio de la novela situaciones de la vida real que siempre y en todo lugar van a ser enfrentadas con una muy similar estructura de conciencia, aunque necesariamente sean muy otros los contenidos y prismas mentales para cada tiempo.
¿A quién no le sorprende, por ejemplo, la frescura del aliento que respiran los diálogos de los personajes centrales? Nada más hay que ver cómo de todo tema puede resultar un ameno aprendizaje en situaciones y hechos que parecieran estar ocurriendo en el presente de cualquier parte. En todos ellos aparece en voz activa la figura desvelada del Quijote, moviéndose ya por la justicia, por la belleza, el amor, la caballerosidad, la amistad, la solidaridad y el sacrificio de sí mismo en aras de un ideal que permanece dando vida y sirviendo de telón de fondo a la acción a la vez que la justifica. Volvemos a preguntarnos: ¿Necesitamos que el Quijote sea un “tratado moral” para que podamos mostrar y aprovechar estos valores que sí aparecen en él abundantemente?
Vivimos, no lo olvidemos, tiempos marcados por un relativismo implacable que nos disminuye a meras categorías de consumo, a simples máquinas de comprar y a pálidas cifras de una vasta y desolada realidad que camina inevitablemente hacia la autodestrucción.
Un mundo en el que son una misma cosa el terrorismo a escala global y los virus creados en laboratorios que debieran servir a la salud y a la vida de millones de niños que mueren como moscas por falta de una simple vacuna, no puede ignorar el gran reto que tiene ante sí con la educación de la juventud para los días futuros.
Hoy “la guerra ya no la deciden las espadas y las lanzas”, diría el Quijote, pero nosotros añadimos que ni siquiera los cañones y la pólvora, sino los medios cada vez más sofisticados de destrucción a distancia que son a la vez los mismos medios que nos meten a participar en ella cómoda e indolentemente desde las salas de nuestros hogares, haciéndonos cómplices del horror sin que nos demos cuenta.
Este mundo en el que enormes masas humanas claman por comida o por agua en pleno auge de las tecnologías es sencillamente un mundo que ha muerto moralmente y el que no podemos mirar con indiferencia.
Los jóvenes de hoy como los de mañana deben crecer con la lectura que es un hábito bueno y provechoso como pocos. Han de ser, a la manera del ilustre batallador de La Mancha, hacedores de realidad y creadores de sentido con la locura que es responder al llamado ético que nos distingue y nos levanta de la bestialidad ambiente.
Han de ir en pos de esos “gigantes” que se han apoderado de esta “mancha” de todos para destruirla y someterla y para lo cual primero nos idiotizaron, masificándonos y convirtiéndonos en pobres sujetos carentes de capacidad crítica o elección real, vacíos entes adoradores de los nuevos dioses de la velocidad y del dinero, los dioses de la ley del más fuerte, del sexo en detrimento del amor y el compromiso, de la soledad egoísta y de la competencia sin compasión por el débil.
A estos dioses y a estos gigantes de la mistificación se les destruye con tan sólo la actitud siempre joven de quien se reconoce, en primer lugar, como un ser digno e inagotable en su interior, capaz de responder generosamente al llamado de vivir con alegría la aventura de su proyecto de persona única e irrepetible, que es también, y en definitiva, la gran aventura que comienza y termina siempre en todo buen libro.

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